(Texto de Eduardo Bejuk)
Lo decía como una travesura. Siempre era así.
–Voy a ver a Lupo.
–¿A quién?
–A Lupo. A la Rosada. Venite conmigo y hacés la nota.
–…
Y efectivamente, uno accedía a ver a “Lupo” (el mismísimo presidente de la Nación, de Santa Cruz como él, embelesado ante su ídolo) así como así, sin esperar más de cinco minutos. Y el Roña le contaba sobre su próxima pelea (y le tiraba el mangazo, claro), la pelea número mil millones, porque así rengo como estaba iba a ser campeón mundial de nuevo, decía, le voy a romper la cabeza, amenazaba, y se ponía en guardia, aunque ya no, ya no estaba para esas cosas, había pasado un mes en coma (¡un mes en coma!), en el Argerich, al que íbamos periódicamente, a ver en qué momento abriría los ojos, porque era obvio que en algún momento los iba a abrir, era imposible que no se despertara, guiñara un ojo, llamara a la enfermera y le pidiera, como efectivamente hizo, si no le conseguía un bife de chorizo a punto, porque Jorge Fernando Castro –el Roña, Locomotora, el Negro, Jorgito– era invencible, irrompible, inmortal.
Es más: quería volver a pelear, casi sexagenario, con Maravilla Martínez, al que ya provocaba teatralmente, promocionando y vendiendo entradas anticipadas, como entendió desde los 15 años que había que hacer, primero en la Patagonia, después en Buenos Aires. Entendió todo, pura intuición callejera. Castro fue de la calle, del barro, de la gente. Así peleaba, así vivió siempre.
Hicimos una foto para Olé, por aquel tiempo, post accidente: el Roña en silla de ruedas, tirando golpes a las manoplas del doctor Walter Quintero, pam, pam, pam, ¡tirando golpes en silla de ruedas!, porque iba a recuperarse, ponerse de pie, “entrenarse” de nuevo, pelear por el título mundial, llenar el Luna Park, película imposible, sólo imaginada en una cabeza única.
En menos de un año volvió a pelear. Perdió mal. Fue triste. Fue hace 20 años, parece ayer.
Pero volvió. De la muerte. Del adiós. Del orgullo herido. Nunca vi nada igual. Este deporte es bravo, eh. Te pegan tres minutos seguidos, estás desnudo, estás solo. Y él sonriendo.
Ya sé: el Roña es picardía (¿alguna vez dio el peso en serio?), show (¿en qué round y en qué rincón querés que lo ponga nocaut?), es sangre, es épica, es ese noveno round con John David Jackson (round apenas menos glorioso que el Firpo ante Dempsey), es la mejor mandíbula de la historia, es mirarle los pies al rival, es Mano de Piedra Durán y Roy Jones, París y Constitución, el Madison y la FAB, el que peleó en TODOS los continentes del mundo, el peso welter que terminó en mediopesado, gordo, mal entrenado, pero genial, loco, canchero, tierno, malvado, héroe, villano, negro bostero y peronista decía, dueño de un carisma intransferible, haciéndose el que le dolían las piñas, tirando la derecha abierta y picante, peleando en un Luna Park repleto y también en un boliche de San Justo para 150 personas, la mayoría en pedo, y aganchándose sobre el ring improvisado para no golpearse la cabeza con el techo.
Es el mejor. El más divertido. El perfecto animal de entrevista, que te tira un título por frase, y si necesitás otro, lo inventa.
Pero para mí, para todos –en momentos puntuales, solo, sin público, sin fanfarria, sin audiencia– siempre es un nene. Un nene enorme. Inocentón, asombrado, curioso, inventor de travesuras pueriles, medio payaso, saboreando la vida así como le venía, bien o mal, absorbiendo golpes, despreocupado, irresponsable, sin mañana, hedonista, generoso, un gato cascoteado arrojado al baldío, que se creía tigre, león, rey de la selva, pero que no dejaba de ser ese nene grande, jodón, con los nudillos destrozados, una pierna renga, la nariz chata y un corazón desmesurado.
Gracias, Jorgito, por haber reservado un puñado de diversión casi infantil –sin sangre, drama y gloria–, para compartirla con nosotros, abajo del ring, en la calle, sin las luces de los reflectores, más vos, más Roña, más nene, imaginando una joda distinta, un chiste renovado… como fingir –la puta madre– que ya no estás.
Te voy a seguir nombrando en presente, campeón. Por ese capricho de ser inmortal.


