Franco Vázquez: el arte de jugar con un barco en el pie

Tiene 37 años, juega de 5 y conserva intacto el talento que lo convirtió en un futbolista de época. River goleó a Pirata, pero el Mudo volvió a demostrar que hay cosas que no entran en el resultado. Una historia sobre su zurda y el placer de disfrutar del fútbol sin importar la camiseta.

Hay una parte de la película que es hermosa y se la están perdiendo. No los avivo más: cada 15 días, en Córdoba juega un flaco espigado, patón, cara de sueño, que en cualquier momento se va a cansar, se va a ir a su casa, y lo vamos a extrañar. Tiene 37, no profesa el culto al físico y encima lo ponen de 5.

El tipo siempre fue enganche, pero, si se lo piden, puede jugar de lo que sea: de doble punta, detrás del 9, dondeselecante del mediocampo y no sea cosa que un día se le ocurra ponerse de 6 -tiene un hermano que juega de central en el fútbol amateur y les juro que es él ocupando la zaga: sale jugando despacio, cabeza levantada, arriesgando en el área chica-.

Cuando pido que aflojemos un poquito con el termo en el fútbol es, entre otras muchas cosas, por jugadores como el Mudo Vázquez. Debe ser espantoso renunciar al disfrute de verlo en una cancha solo por ser hincha del equipo rival. Estoy seguro de que anoche hubo gente de River que por un ratito se olvidó de lo que hizo en aquella Promoción y en la reciente final y, en silencio, pensó: «¡Cómo juega este viejo hijueputa!». Habrán puteado a sus jugadores, primero, por no poder adivinar sus movimientos. Y se habrán rendido a su talento, después, al confirmar que estaban asistiendo a una función de un jugador de época.

Y ojo. Su arte no es belleza estéril. No se trata de pararse arriba de la pelota o ensayar un firulete improductivo. El goce radica en comprobar que, de entre 22 tipos, entre los cuales hay cracks, jóvenes explosivos y campeones del mundo, uno se detiene en ese veterano que la pide en campo propio, espera que lo rodeen, junta dos marcas, les esconde la bocha a dos metros y gana aire con una falta obligada. O, en esa misma incómoda posición, espera a otro de espaldas y, aprovechando el recorrido de la pelota, lo limpia con un lujito.

Por supuesto que, como cualquiera, también la pierde. Pero lo suyo no es solo creatividad: mete, se tira al piso y la pelota vuelve mansita a sus pies. Según las estadísticas, es de los volantes que más pelotas recuperan en la Liga Profesional: unas siete y media cada 90 minutos.

¿Cómo hace? Mi amigo Jochi, pirata hasta la médula, clase 89 como el Mudo, otrora mediocampista del Club Atlético Las Flores, ofrece una divertida teoría que elaboró después de enfrentarlo un montón de veces en la Liga Cordobesa, cuando Franco jugaba en el Club Barrio Parque.

«Tiene un patón así, boludo. No sé cuánto calza. Fijate. Cuando ibas a trabar, él llegaba siempre un segundo antes. Tiene un barco en el pie», repite, con un poco de ironía y un montón de admiración.

No tengo ni idea cuánto calzará –y no voy a arriesgarme a preguntárselo, que me putee y que el área de prensa de Belgrano me retire la acreditación justificadamente–, pero sí sé qué me pasa cuando veo esa zurda eterna: siento ganas de ponerme a escribir, de contar que todavía existen estos bichos raros que se rebelan contra la doctrina del dostoquecismo y son capaces de hacer una caricia con un pie del tamaño de un remo.

Anoche la B perdió 0-3 y acá estoy, maravillado con uno de los caídos. Será que hay piratas que, aun en la derrota, se las ingenian para llevarse el tesoro.

Franco Vázquez: el arte de jugar con un barco en el pie

Tiene 37 años, juega de 5 y conserva intacto el talento que lo convirtió en un futbolista de época. River goleó a Pirata, pero el Mudo volvió a demostrar que hay cosas que no entran en el resultado. Una historia sobre su zurda y el placer de disfrutar del fútbol sin importar la camiseta.

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