De barro y de gloria

Desde el clásico que encendió la ilusión hasta aquella noche imposible en La Paternal y la consagración frente a River, la historia íntima de un Belgrano que convirtió la pertenencia en bandera y empujó sus límites hasta tocar lo que parecía inalcanzable.

Lucas Passerini cae en cámara lenta y, desde el piso, mete empeine zurdo para vencer a Guido Herrera. Todavía no llama el VAR. Hasta que eso no ocurre, en el Kempes 100% albiazul hay gol de Belgrano. Más allá del banco de suplentes, no lo festeja nadie. Pero Franco Peppino, que está con dos encargados de videoanálisis trabajando en la platea, es increpado con vehemencia por un plateísta. La tensión se disipa cuando desde Ezeiza avisan que hay offside. El exdefensor pirata no pierde nunca la calma. “No pasó nada. Me decía que gritamos el gol y no fue así”, explicará más tarde.

Peppino no se sobresalta porque intuye lo que está por pasar. Belgrano va a sostener su superioridad y derrotará a Talleres –que terminará con su ídolo, Herrera, expulsado, y horas más tarde sin su técnico, Carlos Tevez- para dar el primer paso hacia una travesía mayor: un soñado campeonato de Primera División. Y no reacciona porque no imagina que el que sí lo hará, 15 días más tarde, en ese mismo lugar, será Marcelo Misetich, entrenador de arqueros de Belgrano al que le importará nada verse rodeado de hinchas de River y gritará tres goles con el alma.

Peppino que calla, Misetich que brama, el Ruso que no ríe, el Chino que llora, el Mudo que no ensaya una mueca. Cada uno, a su manera. Y todos, a la manera de Belgrano: identificados y comprometidos con una gesta que parecía improbable.

Porque después de la holgada victoria contra Unión daba la sensación de que hasta ahí había sido. Y que había estado bien que así fuera: después de todo, un clásico de visitante y una celebración en casa eran más que suficientes.

Sobre todo, cuando el fixture le puso enfrente a esa piedra en el zapato llamada Argentinos Juniors. El Bicho, su bohemia Paternal, y su fútbol total de control, pase, galera, bastón, y show que brindó durante 45 minutos iniciales.

Parecía imposible. Aun cuando en el complemento ingresaron Vázquez, Hernandes y le sacaron la pelota a un rival que aparentaba tenerla alquilada. Estaba sentenciado, pensaban los hinchas, pero también los periodistas locales, que a los 37 minutos ultimaban detalles de su (frustrado) viaje a la final frente a River.

—¿Vas a Córdoba?
—Ya te dije que sí, boludo.
—¿Vos?
—Bancame que estoy al aire. ‘Sí, entra Uvita Fernández, sale Ulises Sánchez’.

¿Hubiese sido prudente alertarlos de que, cuando el rival es Belgrano, mejor esperar a que el árbitro dé el pitazo final? ¿Hubiese servido de algo avisarles que este Sánchez es Adrián, y que será él quien jugará la final y se disfrazará de Fattori robando, metiendo y distribuyendo para su Pirata campeón?

A veces, nos enseñaron los Vázquez y los Zielinski, conviene ni intentar interrumpir silencios tan poéticos.

Faltaba un paso. Porque, para ser campeón, había que ganarle al más campeón de los campeones del fútbol argentino. El mismo que hacía poco más de un mes lo había pasado por arriba: 0-3 categórico en un Monumental que encendió las alarmas de los de Alberdi.

Sin embargo, cuando la vida da tantas señales, resulta necio no creer. Otra vez River, otra vez con el Ruso, el Mudo y el Juanca. Otra vez con Rodrigo cantando desde la eternidad. Pero, esta vez, con un refuerzo de lujo: Zelarayán, el más pirata de los piratas, que todavía se pellizca para comprobar que esto no es un cuento Chino.

Y entonces sí: Belgrano campeón. Campeón de verdad. Campeón de esos que no se explican solo desde el juego, sino también desde la pertenencia. Un equipo armado con barro, con cicatrices, con tipos que saben lo que pesa una derrota en el Gigante y lo que significa mirar la popular desde adentro.

Por eso la vuelta olímpica no termina en el Kempes. Sigue en cada pared descascarada del barrio, en cada bandera desteñida por el sol, en cada viejo que esperó décadas este momento y en cada pibe que ahora crecerá creyendo que Belgrano también puede tocar el cielo con las manos.

Porque el premio no es solo la estrella. El premio es que, desde ahora, el continente entero tendrá que aprender dónde queda Alberdi. Y que una noche, cuando suene el himno de la Copa Libertadores, Córdoba volverá a entender que los milagros existen. Y que algunos, además, se tiñen de celeste.

Foto: Juan Ignacio Roncoroni / @juanironcoroni22

De barro y de gloria

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