Nos están mintiendo. Nos subestiman. Nos dicen en la cara que una trivialidad es un hecho de gravedad, y nos edulcoran asuntos verdaderamente peligrosos. Los difusores de casas de apuestas juegan al ofendido con Azzaro, mientras nos juran que después del sábado “no hay un mañana”.
Son ellos, los que piden que rueden cabezas de clubes superavitarios clasificados a playoffs, a copas internacionales y encaminados en Copa Argentina, quienes repiten todos los días que si te abrazás con alguien del clásico rival sos menos hincha.
¿En qué momento caímos en su trampa y perdimos la capacidad, entre otras cosas, de reírnos? Incluso de lo más sagrado: de nosotros mismos. ¿Cómo es que ya no tenemos la habilidad para distinguir el consumo irónico? (Que la inocencia le valga al que tome en serio a AZZ)
El juego del ofendido que ellos proponen tiene reglas extrañas: está vedado el gaste, pero se permite la humillación. Validan discursos violentos que invitan a patear al rival herido en el suelo. Olvidan que hay un otro que los constituye —¿qué sería de Talleres sin Belgrano, y viceversa?— y lo niegan hasta intentar extinguirlo. Les juro que hubo un tiempo, no muy lejano, en que esto fue un asunto de caballeros.
No es verdad que no haya revancha. La hay siempre. En la vida y en este fútbol argentino berreta que otorga ¡ocho! títulos por año. Talleres y Belgrano, Belgrano y Talleres, van a volver a enfrentarse. En Primera. Por copas en juego. Y vamos a volver —vos y yo, no ellos— a vivir el fútbol como lo que siempre fue: una fiesta.
Por eso, disfrutá. Y hacelo como se hace en este tipo de partidos, con una pelota en el estómago de los nervios. Porque sí, aunque ellos se hagan los otarios, nosotros sabemos que se sufre cuando se ama de verdad. De ahí que el cuerpo te quede chico si te toca ganar y el alma se te astille si te toca perder.
Pero, por favor, no te entregues. Ni a los que nos quieren idiotas ni a las emociones que, el fin de semana, aunque resulten eternas yo te juro que también pasarán.


